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Prólogo de El Forjador de Almas: Redención.

Bueno, ya estoy de vuelta con la segunda parte de El Forjador de Almas. Aquí tenéis el prólogo. La intención es ir publicando un capítulo por semana y poder recibir vuestras impresiones más o menos en directo. Un saludo a todos... comienza la aventura. 


PRÓLOGO

Golo yacía calado hasta los huesos. La estrecha jaula metálica que lo retenía vibraba con cada bache del camino, agitando su cuerpo de lado a lado tras cada golpe. Hacía ya más de una semana desde que viera el sol por última vez. Desde entonces, no había cesado de llover. El aguacero lo torturaba con ráfagas intermitentes, que entraban en su jaula arrastradas por el frío viento del norte, empapándolo. Sin embargo, su ánimo distaba mucho de aplacarse. Sus puños aferraban con fuerza los barrotes de su prisión rodante, con los nudillos blancos por el esfuerzo. Ni las inclemencias del viaje, ni los días transcurridos desde su captura, habían menguado un ápice su demente cólera. 
Ajeno al frío y al incómodo suelo de la jaula, Golo se limitaba a mirar con férrea determinación al horizonte, mascullando entre dientes en una enfermiza letanía el nombre de su odiado enemigo: Zando. Su mente, obcecada en la idea de la venganza, ignoraba cualquier otro pensamiento. Imaginaba mil modos de matar a su ex general y se estremecía de placer recreándose en cada perverso detalle. Otras veces, en cambio, recordaba el instante en que yacía a merced de su enemigo, con su vida pendiente de un hilo, y comenzaba a sollozar de pánico reviviendo una y otra vez el instante de su caída.

Zando había perdonado su vida a cambio de una condena en la peor prisión de toda Hurgia. Pasaría el resto de sus días en el norte, la más dura región del Imperio, consumiendo sus días en las minas… o eso creían sus enemigos.  Golo no se permitía a sí mismo caer en la desesperanza o perder el hilo de sus pensamientos autocompadeciéndose. Pese a revivir su caída una y otra vez, siempre encontraba el modo de reconducir sus pensamientos, avivados por la llama de la venganza. Su mente pues, oscilaba entre el miedo y la ira, ignorando la realidad a su alrededor. Ésta había quedado reducida a una mancha borrosa de formas que se movían en torno a él. De cuando en cuando, alguna de aquellas sombras le hablaba, pero Golo las ignoraba, terco. 
      En realidad,  el reo estaba rodeado por un millar de soldados cuya única misión era custodiarlo. Nunca, en toda la historia del Imperio, se habían destinado tantos efectivos a escoltar a un solo hombre. La interminable comitiva avanzaba confiada, segura de sí misma, deseando terminar aquel incómodo viaje y entregar al prisionero a su destino final. No obstante, las minas del norte, el lugar donde Golo debía pasar el resto de sus días, aún quedaban muy lejanas. 
      
      Dernes cruzó con su castrado ante la jaula del prisionero. Los guardias al cargo le contestaron con un leve cabeceo de negación, anticipándose a la pregunta de su comandante. Suspirando, Dernes miró a Golo. Como cada día desde que iniciaran el traslado desde el Acuartelamiento del Bosque Oscuro, continuaba ajeno a la realidad que lo rodeaba, mirando al frente con aquella expresión siniestra. A su espalda, esparcida por el suelo de la jaula, la última comida del prisionero era picoteada por unos osados cuervos que graznaban encantados con el festín. Molesto, Dernes llamó al sargento encargado de su manutención. 
      ―¿Sigue sin comer, sargento Siros? ―preguntó el comandante con una mueca de disgusto. 
      —En efecto, señor —respondió Siros, taciturno—. Y no sólo es la comida, temo que apenas duerma y se niega a resguardarse de la lluvia. Hemos tratado de colocar una lona en el frontal de la jaula, pero la arranca en cuanto le damos la espalda. Parece no importarle la lluvia ni el frío. De seguir así, no llegará vivo a las minas. Parece haber enloquecido. 
      —Ya veo. En tal caso haced lo de todos los días; sujetadlo y obligadle a tragar algo de alimento. Tengo órdenes de entregarlo con vida y pienso llevar a buen puerto la misión —manifestó Dernes azuzando el caballo. 
      Se dirigió al trote a la cabeza del pelotón, impaciente. Pese al buen estado de la calzada, el avance de una tropa compuesta por un millar de hombres resultaba insoportablemente lento. La lluvia, por otro lado, no contribuía a mejorar su estado de ánimo. El comandante esperaba ver alguna señal que anunciase la proximidad de la siguiente urbe. Allí podrían hacer una parada y reponer fuerzas. ¡Dioses Benditos! Cómo deseaba darse un baño y dormir bajo techo de una condenada vez. 
      Uno de sus exploradores lo asaltó antes de que pudiera alcanzar la cabeza del pelotón. El hombre tenía el rostro contraído de pánico y no esperó a saludar siguiendo el protocolo militar.
      —¡Comandante Dernes! —gritó volteando a su montura—. Tenéis que ordenar retirada. Huid inmediatamente si queréis vivir… ¡son demasiados! 
      ―¿Qué demonios está pasando? ¿A qué os referís? ¡Explícate soldado! ―inquirió Dernes asustado. La expresión de pavor de su subalterno no dejaba lugar a dudas; algo terrible estaba sucediendo. 
      ―Lo siento, salieron de la nada, en un instante no había nadie en kilómetros a la redonda, y al siguiente estaban allí… ―respondió el explorador lívido de pánico―. ¡Huid si queréis vivir! ¡La resistencia es inútil…! ―exclamó mientras espoleaba a su caballo. No esperó a obtener respuesta. 
      Todas las miradas su posaron sobre el comandante. La tropa conocía al explorador y sabían que era un hombre prudente. Lo que fuese que lo había asustado de ese modo, no debían tomárselo a la ligera. Dernes espoleó a su caballo y se dirigió al galope hacia el lugar por el que había llegado el explorador, al norte, la dirección hacia la que marchaba su expedición. A unos quinientos metros de la cabeza del pelotón, la calzada coronaba una suave colina de las muchas que salpicaban la región. En cuanto alcanzó la línea del horizonte, el jinete detuvo en seco su montura. 
      —¡Hur bendito! —exclamó, comprendiendo al fin el pavor de su explorador.
      Ante él, a un centenar de metros, un ejército compuesto por no menos de cincuenta mil hombres aguardaba en formación, dispuesto a atacar. Antes de que Dernes pudiese siquiera reaccionar, el enemigo cargaba con un grito de muerte ensordecedor.
      
      En su jaula, Golo oyó el rugido de las fuerzas destructoras que se abatían sobre ellos. Vio la marabunta de soldados surgir ante sus captores y enseguida comenzó la masacre. 
      —Ya era hora —dijo aliviado—. Han tardado demasiado.  
      

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4 Opiniones:

Taduni dijo...

Dios...! y ahora... ¿hay que esperar una semana? Noooo, ¡a escribir ahora mismo!

Taduni dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
kzulu dijo...

Me ha gustado hasta que ha aparecido el explorador.

Sigo.

Fernando G. Caba dijo...

Gracias por tu opinión. ¿A qué te refieres exactamente con lo del explorador? Como curiosidad, en un primer momento, el personaje del explorador llegaba alertando a su superior de la presencia del ejército enemigo y lo acompañaba hasta el lugar desde donde ven las tropas de Golo. Más tarde, pensé que sería más realista hacer que el explorador simplemente huyese despavorido, sabiéndose perdido hiciesen lo que hiciesen.