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Capítulo VI de El Forjador de Almas: Redención.


Finalmente (ha costado seis capítulos), nos reencontramos con el protagonista del primer volumen, Zando. Ha sido un capítulo difícil de escribir para mí. Deseaba contar mucho sin extenderme demasiado, además de resumir parte de los acontecimientos previos sin resultar repetitivo. Además, por los comentarios que me hacéis, queridos lectores, me dabais a entender que el tono de esta segundo volumen era algo oscuro. Espero haberlo solucionado en este capítulo... de momento. 


CAPÍTULO VI
LA CARTA

La fragua volvía a arder. El fuelle subía y bajaba rítmicamente, avivando lenguas de fuego que lamían el metal, sometiéndolo. Después, el golpeteo del martillo arrancó gritos al acero. 
      Zando entró en la herrería de Crod, abierta de nuevo tras meses de abandono. Un joven de brazos musculosos golpeaba con ganas un rectángulo de metal incandescente, tratando, con más fuerza que maña, de moldearlo según sus intenciones. Pronto, su forma tornaría en azada, hacha, o cualquier otro objeto de utilidad. 
—Saludos, joven herrero —gritó Zando para hacerse oír sobre el estrépito—. Venía a preguntaros por mi vieja espada. ¿La habéis reparado ya?
Vertuco, el herrero, se sintió azorado al oír la demanda de Zando. Soltó a un lado el martillo e introdujo el metal de nuevo en las ascuas. 
—¡Maese Zando! No os esperaba tan pronto —se disculpó—. A decir verdad, sigue aún sin reparar. Disculpad mi retraso —dijo señalando en derredor. El taller rebosaba de herramientas esparcidas por todas partes. Desde la muerte de Crod, el trabajo se había acumulado. En todas las granjas circundantes comenzaban a escasear las herramientas de trabajo, deterioradas por el desgaste.
Precisamente por este motivo, Zando había roto su espada días atrás al usarla como improvisada hacha para cortar leña. 
—En cambio, he terminado con vuestra hacha —continuó Vertuco mientras revolvía en un rincón. 
Por lo visto, el sucesor de Crod en la aldea era tan desordenado como el viejo gruñón, pensó Zando.
      —¿Veis? Aquí está, como nueva —dijo el herrero tendiéndole el arma—. Lamento el retraso, pero Roca Veteada ha estado demasiados meses sin forja. El trabajo acumulado es mucho. 

—No hay prisa Vertuco, yo mismo os dije que mi espada era algo secundario. Los objetos de labranza y las herramientas son más necesarios. Reparad la espada cuando buenamente podáis. Decidme cuantos inus os debo por el trabajo. 
—¡Oh! De ningún modo, no puedo cobraros, vos sois…
Zando se temía esa reacción. Desde que terminasen los duelos, nadie en Roca Veteada quería cobrarle por sus servicios. 
—No me iré sin pagar —atajó firme, aunque educadamente—. Ya hemos hablado de esto. Soy uno más en la aldea. Y el trabajo honrado exige un justo pago. Así lo dicta el Código. ¿No pretenderéis que incumpla sus mandatos?
La estratagema de Zando dio resultado. Mencionar el Mert´h indú, o Código del Honor, hacía cambiar de actitud a la gente. Nadie deseaba que Zando incumpliese lo que ellos denominaban la fe del guerrero.
—¡Oh! El Código, ya veo… —se disculpó Vertuco, azorado—. No pretendía ofenderos. Son tres inus de bronce. Y vuestra espada estará lista en un par de días.
—Recordad, los objetos de utilidad antes que mi espada. No planeo batirme en duelo con nadie hasta la próxima semana —bromeó. 
Vertuco abrió desmesuradamente los ojos, como si realmente necesitase su arma para batirse contra alguien. 
      Zando suspiró. Su imagen pública aún estaba mitificada por su papel de salvador de la aldea. Nadie esperaba de él algo tan mundano como bromear. 
—Tranquilizaos, no lo decía en serio. Repito, la espada puede esperar. Os dejo continuar con vuestra tarea, Vertuco. Que Hur guíe vuestra mano —se despidió.  
—Que Naelim os guarde —se despidió Vertuco antes de volver a aporrear la barra candente.
De nuevo en el exterior, Zando se dirigió a la entrada de Roca Veteada. No le costó más que unos instantes llegar a su destino. Una muralla desproporcionadamente grande para las dimensiones de la aldea estaba siendo erigida en la linde del Bosque Oscuro. Debido a la forma de luna creciente del valle, edificar una sólida defensa a la entrada era una tarea relativamente asequible. Unir los quinientos metros que separaban las paredes rocosas de las cadenas montañosas que rodeaban el valle, con una barrera de cinco metros de alto por dos de ancho, no debía llevarles mucho más tiempo. La muralla tenía una única abertura, un pasaje protegido por un sólido portón y una reja. Ésta daba al camino que lindaba con el Bosque Oscuro, única entrada a Roca Veteada. Pese a parecer una defensa excesiva —máxime teniendo en cuenta la defensa natural que constituía el bosque—, Brodim y el propio Zando habían convenido en no arriesgar las defensas del lugar mientras no trasladasen el oro de la veta hasta la capital, Ciudad Eje. Las obras, avanzadas, estaban siendo acometidas por albañiles llegados desde todos los rincones de Hurgia. El coste de semejante estructura no suponía ningún problema, dadas las reservas de oro que poseía la aldea. No obstante, los habitantes de Roca Veteada esperaban con impaciencia el momento en el que el oro de la veta fuese al fin transportado a Ciudad Eje. Todos eran conscientes de que mientras permaneciese acumulado allí, su reciente independencia corría peligro. A excepción de Zando y Vera, nadie en toda la aldea conocía el verdadero motivo de que el oro no hubiese abandonado la mina. La fuga de Golo y la desaparición de las tres cuartas partes de las fuerzas imperiales no habían transcendido a los habitantes, que desconocían la precaria paz imperial. Brodim no podía arriesgarse a trasladar el oro y ser sorprendidos por fuerzas hostiles. Si aquella formidable cantidad de riquezas caía en manos del depuesto emperador, con toda seguridad contribuirían a financiar una guerra que nadie, a excepción del tirano, deseaba. Pasase lo que pasase, el oro debía llegar hasta la capital sin incidentes y, con las fuerzas verdes diseminadas por toda Hurgia tratando desesperadamente de dar una falsa sensación de normalidad, era del todo imposible. 
      Al menos, de momento. 
—¿Cómo van las obras maestro Obden? —preguntó Zando al jefe de obras, un tipo nervioso y perfeccionista con grandes aires de suficiencia. 
      —A buen ritmo, maestro Zando —contestó el hombre, seguro de sí mismo—. Un mes más y habremos terminado. Ningún ejército podrá entrar aquí si vos no se lo permitís. El bosque y la muralla constituyen una defensa formidable. 
      —Ya veo, no dormiré tranquilo hasta que no esté terminada —replicó Zando—. Verdaderamente, tiene un aspecto formidable. Es un gran trabajo. 
      Obden sonrió orgulloso ante la alabanza. 
      —Podéis apostar a que lo es —dijo con orgullo—. Ni las criaturas del Bosque Oscuro podrían derribarla. 
      —Estoy convencido —concedió Zando—, ahora, os dejo seguir con vuestra tarea —se despidió—. Tengo a una bella mujer esperando mi regreso y no deseo hacerla esperar —dijo mientras tomaba el camino hacia la granja de Vera.

La primavera estaba siendo benévola con los habitantes de Roca Veteada. La nieve de las estribaciones ilicianas lamía la linde pétrea del valle, aunque sin cuajar en el interior de éste. Las heladas nocturnas, frecuentes en el invierno, se habían espaciado hasta desaparecer, propiciando así el estallido de la estación de la vida. Los campos, pues, se vestían de verdor. La vida llenaba cada rincón del lugar; nuevas crías de ganado corrían lozanas tras las rebosantes ubres de sus madres, bajo la atenta mirada de los pastores. Los campos, cubiertos con brotes de cereal ansiosos por crecer, conformaban un caprichoso mosaico en la campiña. Las granjas, antaño lugares tristes y descuidados, ofrecían ahora su mejor aspecto: las techumbres se mostraban uniformes sobre sólidos muros, las cercas y los vallados estaban reparados, los caminos despejados y las acequias, desbrozadas, ofrecían su cantarín murmullo de agua cristalina. 
La prosperidad parecía haberse asentado al fin en aquel castigado lugar. 
Y si los granjeros vivían en bonanza, la aldea no era menos. El núcleo de Roca Veteada había triplicado su tamaño en el último año. La antaño única calle de la aldea se había convertido en el centro de una población que ahora sí se merecía su nombre. Las nuevas viviendas estaban habitadas en su mayor parte por mineros que trabajaban en el yacimiento de oro que daba su nombre al enclave. Zando suponía que, una vez que todo el oro fuese extraído a la montaña, la aldea recuperaría su anonimato y tranquilidad habituales. 
Pensar en algo tan cotidiano como la tranquilidad hizo que se le dibujase una sonrisa en la cara. Tras décadas viviendo enfrentado a su conciencia en pos de lo que él creía un bien mayor, la sencilla existencia de granjero que ahora llevaba se le antojaba como vivir en el paraíso. Convivir con gente sencilla, lejos de las intrigas políticas de la capital, era como un bálsamo para su espíritu. Incluso su físico había cambiado los últimos meses. Sus hombros habían perdido la tensión que atenazaba con frecuencia su cuello. Su modo de caminar carecía de todo rastro de marcialidad, sustituyendo el paso enérgico de antaño, por un caminar fluido y relajado. Cosas que antes le pasaban desapercibidas, como el calor del sol en su rostro a principios de la primavera, el olor a tierra mojada tras un verano sin lluvias o el fluctuar de los cultivos mecidos por el viento, se le antojaban ahora placeres sublimes. Era como haberse quitado una venda que le impedía ver con claridad. 
      Zando creía que el sufrimiento constituía la medida de la felicidad. No se puede apreciar una, sin haber padecido la otra. Quizá por eso mismo, se sentía tan pleno y dichoso: su vida había sido una sucesión de decisiones que lo habían alejado de la felicidad. Y el único responsable había sido él mismo. Lejos de compadecerse por ello, se alegraba de haber podido verlo antes de que fuese demasiado tarde. Absorto en sus pensamientos, llegó sin darse cuenta a la linde de la propiedad de Vera. 
      Y entonces toda su tranquilidad de espíritu de esfumó. 
      —Me había olvidado de ellos por completo —se lamentó. 
      Acampados en la entrada de la granja, una docena de jóvenes entrenaban con espadas aguardando la oportunidad de verlo. Habían llegado a la aldea desde los cuatro puntos cardinales, y todos perseguían el mismo fin: convertirse en discípulos de Zando. El veterano militar se había negado en repetidas ocasiones a convertirse en su instructor, pero ellos no se daban por vencidos. Creían que sus negativas no eran más que una prueba de su determinación. Zando había supuesto que acabarían por cansarse y abandonar en pocos días. 
      No podía estar más equivocado. 
      —¡Maestro Zando! —gritó uno de ellos al verlo llegar—. Aceptadme como vuestro discípulo —solicitó arrodillándose. 
      El resto no tardó en imitarlo. Para cuando llegó junto a ellos, todos entonaban una letanía de súplicas y ruegos con el mismo fin: querían ser entrenados por él, convertirse en adeptos del Mert´h indú. Zando maldijo entre dientes su torpeza; al salir de la granja en dirección a la aldea había dado un rodeo con el fin de evitar la incómoda situación que ahora tenía ante sí. La dedicación e insistencia de los jóvenes era tan molesta como halagadora. Su tenacidad y sus ganas de convertirse en hombres de honor despertaba las simpatías del veterano guerrero, pero, por desgracia para ellos, esa parte de su vida había quedado irremisiblemente atrás. Su decisión de colgar las armas era definitiva. Todo cuanto deseaba era terminar sus días retirado en compañía de su amada Vera. 
      —Sois tenaces, lo admito, pero mi decisión sigue siendo la misma; no os entrenaré —les dijo—. No deseo que perdáis más tiempo albergando falsas esperanzas. Por favor, marchaos. Os aseguro que mi negativa no es una prueba. 
      La desilusión en sus semblantes apenas duró unos instantes. Uno de ellos se dirigió a él en nombre del grupo.
      —Esperábamos haber superado ya la prueba, maestro —afirmó decidido. El resto asintió expresando su conformidad—. Si nos permite seguir acampados aquí, esperaremos a que nos encuentre dignos.
      Zando no se sentía con ánimos para ponerse desagradable, de modo que asintió encogiéndose de hombros.
      —No me habéis dado motivos para echaros —les dijo—, pero mi decisión no va cambiar ni en un día, ni en un año. Haced lo que os plazca —sentenció reanudando su camino. 
      Ni uno solo de ellos abandonó su lugar. 
        
Vera salió a su encuentro en cuanto lo vio acercarse por la linde de sus terrenos. Corría hacia él con algo entre las manos. Su vestido estaba manchado de tierra y una fina capa de sudor perlaba su frente. Cuando lo alcanzó, sus mejillas se habían ruborizado por la carrera, resaltando aún más su belleza. Sin darle oportunidad de hablar, Zando la tomó entre sus brazos y la besó. Ella se entregó al beso con pasión, rindiéndose de buena gana a sus atenciones. 
—Menudo recibimiento —le dijo Vera cuando sus labios se separaron al fin.
—Mírate —le contestó él con el rostro iluminado—, como no iba a besar a una mujer tan hermosa.
—Anda ya, si estoy hecha un desastre. Creo que te haces viejo y tu vista empieza a fallar —bromeó.
—Si la vejez sirve para recordarme lo afortunado que soy, bienvenida sea. ¿Qué es eso que traes con tanto entusiasmo? —preguntó señalando el objeto que Vera llevaba entre sus manos—. ¿Es lo que creo que es?
—¡Es una Narlina! —explicó tendiéndole una esfera plateada con una gema incrustada—. Nos han escrito desde la capital. No he querido abrirla hasta que volvieras.
—Imagino que Dolmur o Brodim tienen algo que contarnos. Esperemos que sean buenas nuevas —supuso Zando mientras abría el artefacto para ver su contenido.
En su interior había un pergamino cuidadosamente doblado y lacrado con el sello imperial. Además, una níode igual a la que estaba incrustada en el exterior de deslizó entre sus manos. La gema emitía un fulgor intenso, delatando así que estaba cargada de magia. 
—Parece que es de Brodim —dedujo Zando—, y por lo visto precisa una respuesta urgente. 
—Pareces preocupado —señaló Vera—. No te anticipes y lee lo que tiene que decir. 
Zando desdobló el pergamino y comenzó a leer en voz alta. 
“Estimado amigo, debo comenzar implorando tu perdón por lo que te voy a pedir. Debes saber que, de haber encontrado otra solución, jamás te habría importunado. Si alguien se merece una vida en paz, ese eres tú.”
Zando interrumpió la lectura mirando con gravedad a Vera. Ésta le tomó una mano y lo animó a continuar. 
“Debes saber que la precaria situación que aqueja al imperio no ha hecho sino empeorar hasta límites insostenibles las últimas semanas. La red de espías desplegada en el norte ha informado de una concentración de fuerzas úmbricas en su frontera. Los clanes, antes dispersos y desorganizados, ahora marchan al unísono, formando un contingente como nunca antes se había conocido. Los norteños se proponen avanzar hacia el sur arrasando todo a su paso. Me he visto obligado a convocar la totalidad de las fuerzas imperiales para llevar a cabo una ofensiva antes de que la guerra se desate de forma incontrolada. Necesitamos desesperadamente reclutar a todo hombre en el imperio capaz de empuñar un arma. Por desgracia, no puedo dar esa orden sin revelar la fuga de Golo con el grueso del ejército. Y de hacerlo, cundiría el pánico. La mayor parte de los reinos se revelarían, conduciendo al caos y la anarquía. 
      Me encuentro pues, en la necesidad de recurrir al único hombre capaz de liderar a nuestras fuerzas en estos tiempos aciagos, el único capaz de convocar a todo habitante del imperio con solo pedirlo: tú. El imperio necesita un líder, alguien en quien creer ciegamente, que les inspire a hacer frente a lo que está por venir. Ese alguien eres tú. Todos han oído hablar de tu gesta. La admiración que despiertas no conoce fronteras. Debes venir y liderar una vez más a tu tropa, convertirte en la luz que guíe sus pasos. Si Golo aprovecha este momento de debilidad para atacar, no habrá fuerza capaz de oponerse a sus tropas. 
      Debes empuñar la espada una última vez. Nadie merece retirarse más que tú, pero temo que en esta ocasión no podamos elegir. Necesito anunciar que Zando va a liderar las fuerzas imperiales, hacer correr la voz por los confines del imperio que ofreces tu espada a la causa de la paz. 
      Imploro pues este último acto de entrega, confiando en tu buen juicio. Te ruego me contestes con la mayor brevedad. 
      Afectuosamente, Brodim.”
      Zando guardo un tenso silencio cuando hubo terminado de leer. Finalmente, miró a Vera a los ojos y dijo:
      —Maldito seas Brodim por pedirme… —Zando agitó la carta con frustración— ¡esto! El imperio y yo hemos terminado. Por lo que a mí respecta, puede arder hasta los cimientos. 
      Vera asintió sin decir nada. 
La siguiente mañana Zando se despertó más tarde de lo habitual. Los albores del amanecer habían sido engullidos por unos espesos nubarrones que presagiaban tormenta. De no ser por los insistentes tirones de Uki, Hur sabe a qué hora se habría levantado. El perro, nervioso ante el retraso, tiraba de la manta, demandando así las atenciones de su dueño. Tratando de no despertar a Vera, Zando acarició al animal y se levantó. Uki bajó las escaleras delante de él, moviendo el rabo de forma nerviosa. Una vez en la planta de abajo, se sentó junto a la puerta, esperando. Zando reavivó los rescoldos de la chimenea, añadiendo un par de leños. Pronto necesitaría el fuego para hacer el desayuno. Sin embargo, antes, como cada mañana, se dirigió al exterior dispuesto a realizar su entrenamiento. Pese a estar retirado de la vida marcial y haberse convertido en un granjero, no había cesado en sus prácticas marciales un solo día. 
      En cuanto abrió la puerta, Uki salió como una exhalación, corriendo alborotado y persiguiendo a un grupo de desdichadas palomas. Cuando éstas levantaron el vuelo, el perro les ladró, impotente, aunque pronto decidió probar fortuna por los alrededores. 
      Después de unas enérgicas friegas, Zando se dirigió al granero impulsado por la fuerza de la costumbre, a por su espada, pero entonces recordó: hasta que el nuevo herrero la reparase, seguía sin espada con la que entrenar. Vio entonces el hacha reparada junto a un montón de leña, junto a la casa. Tras plantearse unos instantes usarla como sustituta de su vieja espada, descartó la idea de entrenar con ella. No era un arma con la que estuviese familiarizado. 
      Volvió pues sobre sus pasos y se introdujo de nuevo en la cabaña. Vera lo esperaba sentada junto al hogar. 
      —¿Te he despertado, amor mío? —preguntó Zando al verla levantada.
      —No he descansado bien tras la petición de Brodim, eso es todo —contestó la mujer incorporándose—. Y según he notado, mi apuesto caballero tampoco ha descansado gran cosa —dijo antes de echarle los brazos al cuello y besarlo. 
      —A decir verdad, apenas he logrado dormir, aunque el agotamiento ha podido conmigo cerca del amanecer. ¡Dioses, necesito desfogar! Nunca había estado tantos días sin practicar con la espada —se lamentó.
      Zando no había vuelto a mencionar la carta de Brodim desde que la leyeran el día anterior. Vera podía ver la preocupación reflejada en su semblante, pero lo conocía lo suficiente como para no insistir. Hablaría de ello cuando estuviese preparado. 
      —Perdona mi ignorancia, querido pero… ¿por qué no practicas si tanto lo necesitas? —preguntó cambiando de tema.
      Zando la miró extrañado. Vera sabía que su espada se había quebrado días atrás. 
      —No te entiendo, ¿cómo voy a entrenar si mi espada…?
      —Sí que debes de estar haciéndote viejo —interrumpió Vera—. ¿De modo que no te has acordado de la otra espada?
      —¿Otra? ¿Qué otra? No entiendo de qué hablas.
      Con una sonrisa, Vera acercó su boca a su oído.
      —Ya sabes, Yuddai —le dijo en un susurro, fingiendo un tono confidencial.
      —¡Yuddai! —exclamó Zando—. ¡¿Cómo he podido ser tan estúpido?!
      La espada era una valiosa reliquia que Zando poseía desde hacía años. Un extraño poder impedía usarla como arma; estaba imbuida por un extraño poder que la hacía totalmente inútil en el combate. Cualquiera que tratase de golpear a un ser vivo con ella, se topaba con una fuerza inamovible que hacía del todo imposible golpear al objetivo. Sencillamente, Yuddai no servía para matar. Nadie en toda Hurgia conocía el origen de las espadas legendarias. Existían un total de seis, cada una con una forma y un tamaño claramente diferenciados, aunque todas ellas con la misma extraña propiedad. 
      Sin embargo, podía usarla para practicar sus ejercicios.   
      Ilusionado ante la perspectiva de entrenarse tras varios días de inactividad, Zando subió los escalones hacía la planta de arriba, de dos en dos. En seguida se oyó cómo revolvía y desplazaba muebles. Finalmente, asomó su cuerpo por el hueco de la escalera. Antes de poder decir nada, Vera le contestó la pregunta que se disponía a formular.
      —La ocultamos bajo el alero que hay encima de la ventana de nuestra alcoba.
      —¿Te he dicho que te quiero? —dijo volviéndose como una exhalación.
       Unos segundos después bajaba empuñando a Yuddai. Cruzó como una exhalación la espaciosa habitación de la planta baja y salió al exterior. Instantes después volvió a entrar y se dirigió hacia Vera.
      —¡Gracias! —dijo dándole un sonoro beso—. ¡Qué haría yo sin ti!
      
      Instantes después, Zando estaba preparado para realizar sus prácticas. La espada se sentía bien en sus manos. Pese a tener una empuñadura a dos manos, la ligereza de la misteriosa aleación con que estaba forjada, permitía usarla a una mano sin problemas. Ejecutó algunos mandobles a modo de calentamiento: su equilibrio era perfecto.
      «Puede que no sirva para matar, pero nadie dice que no pueda usarla para entrenarme —pensó Zando—, aunque más me vale no golpear a nadie mientras me entreno». 
      Se situó en el centro de una era situada a una treintena de pasos a la izquierda de la casa. Allí ejecutó los ejercicios de calentamiento hasta vencer al frío matutino. Cuando se sintió preparado, invocó al Omni una vez más. Fiel a su costumbre, giró el pomo de su espada mientras cerraba un instante los ojos, abriendo su ser al estado donde cuerpo mente funcionaban al unísono. La realidad se tornó más definida, y el constante devenir de sus pensamientos enmudeció. Zando creyó sentir algo en la palma de su mano, pero en ese estado era ajeno incluso al dolor. 
      Sus sentidos se habían expandido, como si el estado de vigilia no fuese más que un mal sueño. Su visión era más profunda y certera, los colores vibraban con una fuerza inusitada, el movimiento era percibido con más nitidez. Su oído también se había agudizado, alcanzando a escuchar hasta el movimiento de los insectos en el cercano prado. El gusto, el tacto o el olfato estaban igualmente acrecentados. Incluso era consciente de todo cuanto lo rodeaba, aunque estuviese a su espalda. Y no sólo eran los sentidos ordinarios, su equilibrio era ahora perfecto, su cuerpo respondía al ejercicio sin percibir el cansancio. Sensaciones como el frío o el calor eran un simple recuerdo. 
      Sin embargo, no debía bajar la guardia. Pasar demasiado tiempo en ese estado podía pasarle factura; al no ser consciente del cansancio, corría el riesgo de agotar su cuerpo sin ser consciente de ello. 
      Avanzando un paso, ejecutó el primer golpe, un ataque frontal directo. Algo restalló en el aire como cuando se agita un látigo, aunque con un tono más agudo. La espada vibró, imbuida por una extraña fuerza. 
      Según parecía, Yuddai respondía ante el Omni. Intrigado realizó varios mandobles circulares. 
      La destrucción resultante fue devastadora. 
      Apenas sí había agitado la espada tres veces alrededor de su cuerpo, y tres surcos de medio metro de profundidad se habían formado en la era, a su alrededor. Impresionado, miró el filo de la espada. Entonces lo vio: su superficie, habitualmente gris, se había tornado blanquecina y su tacto era tibio. Intrigado, Zando se concentró y ejecutó un nuevo golpe, esta vez con todas sus fuerzas, en dirección contraria a la casa. Esta vez, el estruendo hizo levantar el vuelo a todos los pájaros en un kilómetro a la redonda. Ante él se había formado un nuevo surco, de unos veinte metros de largo por uno de profundidad. 
      Zando abandonó el estado de Omni, boquiabierto. 
      Instantes después Vera acudió alertada por el estruendo. Lo miró alternativamente a él y a Yuddai, sospechando lo que acaba de suceder. 
      —¿Dónde dices que conseguiste esa espada? —preguntó.

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2 Opiniones:

kzulu dijo...

Has alcanzado los propositos que habias planteado. A mi sí me gusta el tono oscuro.

A esperar el siguiente.

Fernando G. Caba dijo...

Te has convertido en el lector más puntual, ¡felicidades!